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Un largo camino a casa



-Oniiichaaan, oniiichaaan- canturreó alegremente mientras sacudía el montículo en la cama que era su hermano. Estaba acurrucado y todo envuelto en las mantas, pareciendo una oruga en su capullo preparándose para la grandiosa metamorfosis. –Si pasas más tiempo allí vas a convertirte en una mariposa.- le dijo riendo de lo ingenioso de su propio comentario, pero a su Anii no le hizo la misma gracia ya que pareció gruñirle, lo cual solo le hizo reír todavía más. Estaba muy feliz, tal vez demasiado, pero no podía evitarlo, era imposible estar triste un día como ese. ¡Estaba curado! Y no a medias como antes, sino completamente. Llevaba un tiempo pudiendo caminar, pero ahora su magia y su gracia habían regresado. Volvía a estar completo como antes y nada opacaba su alegría. Pero mientras él más se recuperaba, más vago se volvía su hermano. Se pasaba el día durmiendo o tirado en la cama, el onisama y el otousama lo arrastraban para que hiciera su trabajo en el pueblo o para que saliera a tomar sol al menos y la onesama lo zarandeaba hasta que se levantaba y la llevaba a comer a algún lugar. Lo invitaban, pero sabía que a la onesama le gustaba mucho la carne y que Nessa-nii comía un poco a escondidas y no quería ver cómo se comían a un animalito inocente, así que prefería quedarse en casa.

Lo primero que hizo en cuanto estuvo recuperado, fue ir al bosque, más bien se había escapado, pero ya no dependía de que los otros decidieran por él a dónde podía ir y dónde no. Quería visitar a sus amigos los animales, en especial al abuelo oso, pero no los encontró. Se entristeció, pensó que habían perecido como el resto de su pueblo o que murieron después del ataque y él no pudo ayudarlos. Lloró sus pérdidas, pero una libélula que pasó cerca y lo oyó, le contó que sólo se habían mudado. El bosque ya no era apto para vivir, esa niebla tóxica mataba todo lo que se acercaba, así que debieron marcharse. Un elfo había ido a visitarlos, acompañados de una elfa que podía entenderlos y hablar con ellos, que traducía las palabras del chico. Él les contó que los elfos sobrevivientes se habían mudado a un nuevo hogar, otro bosque. Que él, Náriël, había sobrevivido al ataque, que estaba herido, pero que se recuperaría y como sabían que todos ellos eran sus amigos, los invitó a que se trasladaran al nuevo lugar, guiándolos y ayudándolos a llegar hasta allí.

No tenía dudas de la identidad del chicos, pero no lograba identificar a la mujer. Y no podía preguntarle a su onisama o se enteraría que se había escapado allí en primer lugar. Debió esperar un par de días, hasta que al final su impaciencia fue más grande y le pidió a Nessa-nii que le enseñara como llegar hasta el nuevo bosque. Hasta ahora siempre había ido con alguien más así que no sabía llegar por su cuenta. Había quedado que irían al día siguiente, y ese día era hoy. Se levantó temprano y preparó el desayuno para ambos, arrastró a Nessa a la mesa y celebró con él el feliz acontecimiento que sucedería. Pero al terminar de limpiar los platos, descubrió que Nessa había vuelto a esconderse en la cama. –Vago-nii, vamos, vamos. Se va a hacer tarde.- comenzó a tirar de la colcha hasta destaparlo y luego a tirar de él hasta que se levantó. Lucía cansado, pero le sonrió. A veces sospechaba que algo malo le pasaba a su oniichan, y tenía el presentimiento que todos sabían menos él, que se lo estaban ocultando, pero entonces Nessa le demostraba que solo era vagancia y se tranquilizaba.

Nessa se cambió y agarró las cosas que llevarían. Su antigua silla estaba en un rincón, casi olvidada y ahora la usaban para acumular cosas, pero no quería tirarla, seguía queriéndola y odiándola por igual. Era un recordatorio de lo que fue y lo que pudo suceder. Pero dejó atrás todos esos pensamientos negativos en cuanto cruzaron la puerta. El día estaba radiante y no podía dejar de dar saltitos de emoción y de empujar a Nessa para que se apresurara. Cuando llegaron a un sitio dónde pudieron desaparecerse, su onichan le mostró el camino. Al llegar estaba nervioso, no estaba seguro con que se encontraría, y aunque ya había estado allí otras veces, ahora era completamente distinto. Ahora era Nessa el que lo empujaba para que caminara, sonreía al igual que él y ya no lucía cansado. Todo lo que su hermano necesitaba era un poco de bosque y aire puro, ahora estaba seguro de eso. Finalmente pudo oírlo, y pocos pasos después los vio. Estaban reunidos en un claro, esperándolo y en cuanto lo vieron se revolucionaron.

El reencuentro fue emotivo, todos estaban allí, bueno, la mayoría, algunos no lo habían logrado, pero la alegría de verlos de nuevo, de escuchar sus voces una vez más superaba la tristeza de la pérdida. Las ardillas que había salvado estaban a salvo, ¡Y ya eran abuelas! Estaban tan agradecidas que lo llenaron de bellotas y no se bajaron de sus hombros en ningún momento. Le contaban como era su nuevo hogar y lo preocupadas que habían estado por él. Uno a uno los animales fueron saludándolo y expresando la alegría de volver a verlo, pero no veía a quién más quería ver. El abuelo oso lo estaba esperando un poco alejado del alboroto que se había armado, a él no le gustaba estar rodeado de muchos animales, disfrutaba de su soledad. Cuando pudo llegar hasta él, no logró detenerse y lo abrazó. Estaba tan feliz de volver a verlo, de oir su anciana voz regañándolo por el abrazo y de retándolo por estar demasiado delgado. Sus amigos estaban allí, había regresado a su hogar. –Lamento haberlos hecho esperar.