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Patatas



O-oh. Estaba en problemas. Era el líder más joven e inexperto de su pueblo, y por si eso no fueran suficientes desventajas, era también quien debía lidiar con la inexistencia de su pueblo. Los Altos Elfos habían desaparecido por culpa de un misterioso ataque, su otouto había salido gravemente herido, su oniisama y su otousama estaban desaparecidos, y él no tenía idea de a quién recurrir, sino que tampoco sabía qué hacer. Los ancianos del consejo le dijeron que renunciara, y obvio que quería, pero también le dijeron que Náriël debía morir, y eso no lo iba a permitir. Así que entre la espada y la pared, estaba atrapado entre la vida de su hermano y lo que él deseaba para sí.

Inseguro, decidió tomar un empleo humano y así poder alejar a Náriël de ese entorno que sólo le hablaba de muerte, claro que el único empleo que consiguió con una paga decente no era precisamente decente, y antes de darse cuenta ahí estaba él, Nessa Huor Anárion, el gran líder de los Altos Elfos, denudándose por dinero mientras bailaba delante de extraños, y ese era el más inocente de los servicios que brindaba. Las primeras veces fueron horrorosas, bailar le gustaba, pero lo otro… Los “clientes” podían ser verdaderos animales, pero eventualmente comenzó a acostumbrarse y gracias al sueldo y las propinas consiguió llevar a Náriël a un pequeño departamento, muy bonito, cerca de un parque y con una gran vista. Además comenzó a ahorrar. Al principio en pequeñas cantidades, pero conforme aumentaba la clientela y el dinero seguía lloviendo, fue logran dar avances mucho más considerables.

Pero sus avances no serían bien recibidos por todos. Cierto grupo de ancianos, sedientos de poder y embriagados por la codicia, decidieron que los esfuerzos del joven líder no eran apropiados. Que aunque estuviera obteniendo un territorio donde ellos pudieran reinstalarle, no demostraba ser apto. Los ancianos, presentaron su petición por destituirlo ante el pueblo, pero éste no los apoyó. Nessa había sido dudosamente confiable en los últimos años, no respetaba las tradiciones, nunca llegaba a tiempo para el festival de la cosecha, y era un auténtico desastre como elfo, pero a los ojos de muchos, estaba demostrando tener habilidades que les servían de utilidad a todos ellos. Mas el sabor de la ambición no se satisface cuando la mayoría dice que no, por lo que los ancianos no se quedaron contentos con esta decisión, y optaron por un plan mucho más ortodoxo.

Era entrada la noche cuando Nessa regresaba a su casa, estaba agotado por todo lo que había tenido que hacer, le dolían las piernas y la espalda de manera insufrible, pero ya había conseguido algunos analgésicos. De todos modos estaba contento, al día siguiente no tendría que trabajar y eso significaba que podía pasar más tiempo con su pequeño otouto, cuidándolo y quizá hasta lograra convencerlo de salir a dar una vuelta y conocer ese parque. Pero mientras caminaba, dos hombres lo abordaron. Uno de ellos era un humano, armado con una varita que de inmediato usó para desarmarlo y arrebatarle todo cuanto llevaba en la mano, las patatas que acababa de comprar para que su otoutou pudiera comer algo vegano rodaron por el suelo. El segundo era un elfo, al parecer usuario de electricidad, pues de inmediato le lanzó un potente rayo que sólo gracias a un milagro logró evitar. - ¿Qué hacen? – les preguntó retrocediendo, pero no tenía demasiados sitios a donde ir, además que si lo habían abordado de camino a casa, era posible que Náriël estuviera en peligro. Sin titubear se inclinó hasta que la palma de su mano tocara el suelo, y una vez allí, hizo que fuertes sogas de luz emergieran de entre las piernas de los dos agresores amarrándolos. Luego, se apresuró a buscar su varita y le pidió ayuda a una de sus más antiguas amigas. Esperó a que los elfos oscuros se los llevaran y entonces corrió con todas sus fuerzas hasta su casa. La posibilidad de haber perdido a su otouto lo agobiaba más que ninguna otra cosa. Corrió hasta que sus piernas flaquearon y al llegar, encontró las luces apagadas y todos los muebles revueltos.

- Náriël – lo llamó en un grito desesperado.
- Oniichan, lo siento, me volví a caer de la silla con ruedas – le dijo la voz de Náriël muy avergonzado desde el suelo. En cuanto encendió la luz pudo ver que todo estaba bien y se permitió respirar. - ¿No trajiste las patatas? Oniichan, en dónde tienes la cabeza? – le preguntó divertido por los descuidos de su hermano mientras ambos reían.

Fin.