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PRÓLOGO


Los truenos resonaban desde las alturas, con sus rayos cubiertos por las gruesas nubes grises que gobernaban los cielos. Pero ahí estaba él, de pie a pesar de todo. Alzó la cabeza, recibiendo con la frente la primera de muchas gotas de lluvia. Las ruinas de lo que antes fue su imperio se hallaban bajo sus pies, pero aún así él se alzaba victorioso. Porque a pesar de que el peor escenario se había desarrollado, él había triunfado la batalla contra el más admirable enemigo: La muerte.


Capítulo 11 – Planes

Hacía tiempo que esa putrefacta voz le aconsejaba, con susurros al inicio y gritos al final, pero siempre con razones y proveyéndolo de grandes beneficios. Gracias a él había podido hacerse con su bebé, el cual se había comportado de manera insatisfactoria, pero era joven y debía entender que estaba en la edad de los berrinches. No sería nada que algo de disciplina no pudiera arreglar. Pero en esta ocasión, aquella voz tenía planes que se contradecían un poco con los suyos. No le permitía quedarse en su hogar, reconstruir sus dominios, ni mucho menos buscar a su bebé… aún. Le pedía que avanzara hacia un territorio virgen, inexplorado y que auguraba grandes promesas.

Con desconfianza, pero sabiendo que si obedecía tal vez podría ver a su familia en algún momento, cruzó la puerta que El Núcleo, dueño de aquella desquiciada voz, puso ante él. De inmediato llegó a una zona que activó sus instintos. Un bosque, amplio y frondoso, lleno de aromas nuevos que le era imposible reconocer. Caminó sin rumbo unos cuantos metros, buscando algo que le permitiera orientarse, y al final se topó con una joven que aún era niña pero poco le faltaba para dejar de serlo. Al verlo ella le sonrió y se acercó a saludarlo, con extrema confianza y un cálido beso. Lo llamó por su nombre, tomó su mano y lo invitó a acompañarla en su camino mientras platicaban de los más casuales temas. La niña era muy parecida a la joven que había salvado su vida luego de que su bebé se enfadara, pero ésta no era un vampiro, ni parecía tan rota. Gracias a ella y su incesante parloteo logró ir deduciendo algunas cosas del sitio en que se encontraba. Al parecer era alguna especie de colegio, o los terrenos de uno al menos; aparentemente lo confundía con uno de los profesores con el cual parecía tener una relación poco convencional.

A medida que iban recorriendo aquel bosque repleto de vida, el aire se fue despejando de todos los aromas de la maleza hasta que la luz del día los recibió en todo su esplendor. Se encontraban en un castillo frente a un enorme y cristalino lago, pero más importante que eso, su bebé también estaba ahí. No llegó a verlo, pero pudo olerlo, su preciado bebé, mucho más joven y sin rasgos de la licantropía en él. Un lienzo en blanco sobre el cual corregir todos los errores que había cometido a lo largo de los últimos años y que casi lo orillan a su propia destrucción. Aparentemente, el hombre con quien lo confundían no era sólo un sujeto de apariencia similar, sino que también compartían el mismo rostro. Y de a poco fue notando que muchas de las personas que se cruzaba allí eran dobles muy similares a las personas que había conocido en su mundo. Eso era sumamente conveniente, en especial por la confianza ciega e ingenua que su doble se había ganado. Y desde luego, como no era imbécil, de inmediato supo lo que debía hacer. Las voces le habían obsequiado un nuevo comienzo, una oportunidad para hacer las cosas bien esta vez, y no iba a desperdiciarla. Tenía que sustituir a su doble, reemplazarlo y así poder rehacer su vida. Pero para ello, debía planificar cada paso con meticuloso cuidado.

Lo primero que tendría que hacer era seguir encontrándose con esa niña, ella le daba información a cuentagotas, pero era lo mejor que tenía de momento. Rodearse de personas lo suficientemente torpes como para confundirlos mientras él aprendía a interpretar el papel de su doble. Luego, estudiaría el entorno y los horarios de ese tipo, pudiendo así organizar un golpe inequívoco que le permitiera quitarlo del medio de una buena vez. Y, por último, reorganizar su imperio, esta vez usando un palacio perfectamente ambientado, seguro con grilletes y calabozos donde castigar a los pequeños que se portaran mal y bellísimos dormitorios donde agasajar a sus más apreciados clientes. Ese sitio era un diamante en bruto.

No obstante, como cada vez que un plan se forma de manera presurosa, las fugas del mismo no tardan en aparecer, y así fue como le sucedió. La niña que alegremente le sonreía y platicaba de su vida de pronto tomó algo de su bolsillo, una especie de ramita y tras agitarla hizo aparecer unas pequeñas flores blancas con las que le decoró el cabello haciéndolo molestar. No sólo el gesto de que le pusiera flores en el cabello era un insulto, una falta de respeto a su status de alfa; sino que además, el que las hiciera aparecer de la nada y sin alarmarse sólo significaba una cosa: Esa gente poseía habilidades diferentes. Para lograr sus planes, primero tendría que aprender a lidiar con la magia.


Capítulo 12 – El cachorro

La voz del Núcleo, como siempre, era una sabia consejera. De a poco le iba a brindando información sobre ese otro mundo, o le regalaba las oportunidades perfectas para que él mismo hallara las respuestas necesarias. Tras unas cuantas visitas descubrió que su doble era brillante, tenía prácticamente un harén de estudiantes rodeándolo y que confiaban en él ciegamente. Además, descubrió que su bebé era uno de sus estudiantes, el cual le temía, pero al que no dejaría escapar. También descubrió que aunque todos podían usar esa molesta magia, no era particularmente difícil evitar una confrontación, y que si no podía evitarlo el mismísimo Núcleo le ayudaba a retirarse ileso. Era evidente que aquella entidad tenía intereses especiales en que él se infiltrara en ese castillo llamado Hogwarts sobre el cual no dejaba de brindarle información.

No le gustaba ser utilizado, era una deshonra se tratado como una marioneta, y así todo no iba a discrepar en esa ocasión. Algo, una única cosa era más fuerte que su orgullo y terquedad: su familia. Aquella fuerza pura que lo impulsaba cada mañana y lo dominaba cada noche. Los había perdido una vez, en agónico sufrimiento. Y luego los había vuelto a perder otra vez, y cada noche sentía que sus muertes lo azotaban nuevamente, para descubrirse solo en la mañana, con el mayor vacío que un hombre podía afrontar. Pero ahí, en ese lado del mundo donde nada tenía sentido, no todo estaba perdido. Su cachorro estaba con vida.

Fue una tarde como cualquier otra, en que una de las famosas puertas le permitió cruzar hasta el bosque de siempre. Por lo general no había nadie, o a lo sumo se encontraba con la bella niña que respondía al nombre de Gema y con la cual se divertiría mucho algún día. Pero esa tarde no fue así, esa tarde un muchacho paseaba por entre los árboles con actitud inquieta, y al verlo todas sus fuerzas se desplomaron de inmediato. - Sean – susurró sin poder creer lo que veía. Había tenido alucinaciones con su hijo cientos de veces, pero siempre había sido capaz de entrever a través de esas mentiras, reconocer que su cachorro había muerto y no estaba allí; pero esta vez era diferente. Estaba completamente seguro de que ese era su cachorro. Su hijo lo miró y le dedicó una gran sonrisa llena de entusiasmo mientras lo saludaba con un encantador “papá” que derribó todas sus defensas, y lo abrazaba con la fuerza un alfa en crecimiento. Ese era su muchacho.

Sabía que lo inevitable sucedería, siempre ocurría al final. Su hijo enloquecía, se perdía y era consumido por la bestia que vivía en su interior. Pero era la primera vez que podía recuperar un trocito de su amado hijo para sí, e iba a disfrutarlo tanto como fuera posible. Este Sean tocaba la guitarra, lo hacía bastante bien. Comenzó a hablarle de cientos de amigos inexistentes, personas irreales inventadas por su confundida mente. Le nombró a algunas chicas, luego le contó de un deporte sobre escobas voladoras y como se había convertido en capitán del equipo. El tiempo se les acababa a medida que su hijo perdía cada vez más la cordura, pero la felicidad con la que narraba sus delirios era contagiosa, y aunque sabía que el final estaba cerca deseaba extenderlo lo más posible.

Al final ya no pudo seguir haciéndolo, no podía prolongar el sufrimiento de su cachorro una vez más; pero tampoco podía repetir aquella tortuosa escena de decapitación, donde su niño lloraba y aullaba a la vez. Lo haría rápido, sin dolor, sólo un golpe asestado prolijamente en la parte posterior de su cuello y todo habría terminado. – Hijo, estoy muy orgulloso de ti – le dijo apoyando las manos en sus hombros antes de abrazarlo, era la despedida que siempre debieron tener y jamás pudieron. – Regresemos, ve delante, te seguiré. – le pidió dejándolo marchar mientras se preparaba para ponerle fin a aquel martirio y liberar a su cachorro.

Se acercó a él, sabía que como lobo Sean podría presentirlo así que tendría que actuar rápido. Respiró hondo preparándose y cuando estuvo listo, Sean se detuvo. Ante ellos, un hombre exactamente igual a él estaba de pie apuntándole con una de esas ramitas que ellos usaban para hacer magia. Retrocedió, pero Sean permaneció en medio de ambos. Los ojos de su doble, pese a la ineptitud que todos demostraban de él demostró raciocinio, y pudo ver como los engranajes de su cerebro comenzaban a acomodar cada acontecimiento en su lugar deduciendo a gran velocidad lo que estaba sucediendo allí. – Sean, debes venir conmigo hijo – le pidió a su cachorro, pero esta estaba confundido y los miraba a ambos sin saber a cuál obedecer. Decidido a no perder a su hijo nuevamente saltó hacia él, lo sostendría y lo protegería de ese sujeto, pero antes de que lo lograra una fuerza invisible lo empujó y la intervención del Núcleo lo devolvió a la seguridad de su mundo, de su putrefacto mundo donde estaba solo.


Capítulo 13 – La perla

Cada nueva visita a ese otro mundo le brindaba más información, nuevos datos útiles a la hora de hacerse pasar por su doble, y en cada ocasión conseguía engañarlos a todos por más tiempo. Su cachorro se había vuelto algo receloso, era muy inteligente y siempre lo reconocía. Pero a diferencia de los demás que apenas lo veían se aterraban, él no. Su Sean dominaba sus temores con excelente maestría, y varias veces habían podido disfrutar de bellas tardes juntos conversando sobre su pasado. A menudo hablaban sobre Becky y lo mucho que ella lo había amado antes de morir. Le contó que a veces la veía, que ella siempre le pedía que lo cuidara y se enfadaba si no lo hacía apropiadamente. Sean por su parte también confiaba algunas de sus cosas a él, como por ejemplo le contó que había una chica que le gustaba y estaba planeando pedirle ser novios, otras veces conversaban de temas más casuales como lo poco que a su hijo parecían gustarle los vegetales. Con frecuencia tocaban el tema de la música. Por desgracia todas sus conversaciones terminaban de manera similar, Sean se confundía y comenzaba a enloquecer, hablaba de centros de adopción, olvidos repentinos, y al final debía intentar darle paz. Pero cada vez que lo intentaba su estúpido doble, ese que se hacía pasar por el padre de Sean y jugaba con su mente hasta enloquecerlo, aparecía y lo arruinaba todo.

En esa ocasión, y para su sorpresa, la puerta no lo llevó al usual bosque, ni tampoco lo guió cerca de su hijo. Esta vez apareció dentro del castillo. Había recorrido sus pasillos en el pasado, acompañado de esa deliciosa niña, la compañera de su doble, a la cual disfrutaría destrozando hasta dejarla irreconocible en venganza por todos los problemas que ese estúpido le causaba. Pero, aunque la buscó, tampoco logró dar con ella. En cambio, se encontró con dos niñas más jóvenes, apenas floreciendo a la pubertad, con exuberantes fragancias cuales flores de primavera. Pero de entre las dos, una llamó su atención. Tímida, retraída, asustadiza como un ratón, tan atemorizada que despertaba sus instintos y le hacía desearla como parte de su colección personal.

Con ingenio y astucia logró deshacerse de la otra mocosa, y conversando sobre las clases y sus proyectos apartó a la pálida muchacha de la multitud. Así descubrió que se llamaba Alice, que tenía un gran poder según ella, pero no sabía controlarlo. Acudía a él en medio de la desesperación, e incluso de no haber tenido la experiencia que él tenía, habría sospechado que algo no estaba bien en ella. Las personas de ese mundo debían tener serios problemas para prestar atención a los detalles, todo en ella denotaba conductas autodestructivas. Le costó un buen esfuerzo hacer que se las confesara, pero eso sólo significó la primera de sus múltiples victorias.

Establecida una nueva confianza entre ambos, forjada por un secreto compartido, logró romper la mayoría de las barreras de la timidez de la joven estudiante. La desesperación de ella por aprender a controlarse era tan fuerte e irracional que con sólo presionarla un poco lograba que ella aceptara lo que él quisiera proponerle. Así fue como comenzó con un ejercicio simple, testeando los límites de esa mocosa y qué tan lejos podría llegar. Primero le hizo alzar los brazos con los ojos cerrados, y sin disimulo alguno la asechó, deleitándose con la pequeña y escuálida figura de la quinceañera. Luego le pidió que se quitara algunas de las prendas que llevaba puestas hasta quedarse apenas con la pollera y la camisa del uniforme, sin abrigos, medias ni zapatos. También le pidió que dejara a un lado la varita, y cuando lo hizo nuevamente le pidió que alzara los brazos y cerrara los ojos. Le pidió que le confesara aquellas cosas a las que le temía más, que enlistara uno por uno los pensamientos que rondaban su mente cuando sus poderes se descontrolaban, y mientras ella obedecía entre sollozos, él comenzó a desabotonar su camisa.

Desde luego ella lo notó, pero ya era tarde, no iba a detenerse. Sostuvo sus brazos con firmeza, sin importarle que ella gritara que la hacía daño, y con lentitud comenzó a acariciar piel su suave, pálida y completamente cubierta de cicatrices. Era igual a una perla, blanquecina y nacarada, pero con ligeras imperfecciones que la volvían única. La niña luchaba por soltarse, pero sus fuerzas eran patéticas y sus gimoteos no hacían más que motivarlo aún más llenándolo de ansiedad. Pero entonces una fuerza invisible volvió a empujarlo, como cuando su doble lo golpeaba pero esta vez no habían varitas, ni nadie más alrededor. La niña comenzó a chillar y a su alrededor todo empezó a destruirse. ¿Ella estaba causando eso? Era fantástica. Una visión sublime, una niña manipulable y con un gran poder del cual él podría beneficiarse.

Se apresuró a su lado y la abrazó. Le prometió al oído que todo estaría bien, le juró que nadie volvería a hacerle daño, y una a una pronunció todas las palabras de consuelo y compasión que durante años había practicado en su antiguo negocio. Cuando la niña se calmó pareció entrar en una especie de letargo, temblaba y lloraba, pero ya no luchaba ni se resistía. Las explosiones que los rodeaban también se habían detenido, y parecían atravesar un pequeño momento de paz. – Eres hermosa Alice – le susurró acariciando su cabello primero, pero ella sólo lloraba en silencio sin responderle nada. – Y muy poderosa. – dijo apartándole la camisa para exponer su piel a sus ojos, pero nuevamente la niña no se movió. – Te enseñaré a controlarte, pero antes tendrás que hacer algo por mí, ¿está bien? – le preguntó acariciando su pierna lentamente desde su rodilla hasta su muslo, para luego introducir su mano bajo su falda. – Si eres buena, te enseñaré todo lo que necesitas saber. – le prometió acomodándose sobre ella.

Los llantos y gritos de la pequeña eran sublimes, su temor y su dolor una combinación extasiante. La pureza robada siempre lo había regocijado, pero en aquella niña, con profundas y ocultas grietas, podía sentir como con cada embestida rompía un trozo más de su alma. Al finalizar no pudo evitar sentirse profundamente complacido consigo mismo, había sido maravilloso, y estaba seguro que ambos lo habían disfrutado. Pero no podía seguir quedándose mucho más, era cuestión de tiempo para que su doble lo descubriera, siempre lo encontraba tarde o temprano. Así que con un profundo beso se despidió de su pequeña perla, con la promesa de regresar por ella en el futuro y así poder seguir enseñándole un poco más.


Capítulo 14 – Puesta en marcha

Numerosas veces fue y vino y de todas una lección importante aprendió, aunque más importante, algo pulió. Las pequeñas distracciones ocasionadas por su cachorro y su perla no llegaban ser suficientes para persuadirlo de olvidar su plan principal. Una vez lograra sustituir a su doble podría divertirse con ellos, con Gema y con su bebé al que no dejaría huir otra vez. Ese mundo tenía demasiado que ofrecerle, pero para poder acceder a sus beneficios, primero debía deshacerse del otro Gale.

Llevaba meses estudiándolo, ya conocía cada detalle importante sobre su vida, era un sujeto aburrido sin mayores ambiciones ni pretensiones, un sentimental sin remedio que parecía pedir a gritos que alguien encaminara su vida hacia un objetivo más significativo, algo que causara impacto. Y él sabía exactamente como hacerlo. Con el trasfondo de la inocencia de su doble y su intelecto superior pronto tendría a toda esa comunidad de imbéciles comiendo de su mano y bailando al ritmo de sus palmas.

Ha decir verdad, poner el plan en marcha fue sumamente gratificante. Su preciosa perla por fin demostraba su utilidad, y no sólo para brindarle entretenimiento cuando se aburría o meras satisfacciones momentáneas, sino que además ella sería quien iniciaría su glorioso ascenso. No era difícil manipularla, ella escuchaba todo lo que él le decía, especialmente si se lo murmuraba al oído cuando, a solas, se conectaban de ese modo tan especial. Luego, necesitó buscar una excusa. Permitir que alguien los descubriera juntos, que vieran al gran profesor aprovechándose de una de sus más frágiles alumnas; la palabra de ella condenándolo era prueba más que suficiente, pero por si acaso no alcanzaba, dejó evidencias extras, material de sobra como para que a su doble lo condenaran.

Esa fue la parte más divertida del plan, y lo único que lamentó fue no poder estar presente mientras su doble era detenido por abuso de menores, siendo señalado públicamente por esa niña y los demás estudiantes que, como ella, habían caído en sus redes. Era sublime. Pero era sólo el comienzo. Con paciencia aguardó a que el juicio iniciara, y antes de que éste diera fin y sentenciaran a su doble, apareció ante todos en la misma habitación que ese sujeto. Desesperado, preocupado por la seguridad de su hijo y sus estudiantes. Les narró como ese psicópata lo había embaucado, les explicó cómo lo torturó robándole información, y cómo durante meses lo había mantenido prisionero mientras lo estudiaba, aprendiendo a parecerse a él, a actuar como él y responder como él. Con meticulosos detalles explicó la manera en que se impostor lo había reemplazado, y como parecía completamente obsesionado en creer que realmente era el original, que su vida le pertenecía.

Su historia fue perfectamente creíble. Su doble fue trasladado a una prisión de máxima seguridad o algo así, y él se consagró victorioso una vez más. Sin ese dolor de cabeza dando vueltas, ahora sólo le quedaba una cosa por hacer, y con todo lo que había debido esperar para lograrlo, estaba convencido de que la dulce recompensa sería maravillosa. Ahora sólo le quedaba ir a casa.

De regreso en su hogar, el que su doble consiguió para él, invitó a Sean al sótano donde lo encerró. Su cachorro no se había portado bien en todo ese tiempo, había sido desobediente y había apoyado a su doble, aunque también lo había reconocido y había defendido su vida en varias ocasiones. Pero así todo debía darle una pequeña penitencia, y pasar la noche en un sótano era algo sumamente inocente. Además, permitirle merodear por la casa sólo le causaría problemas, esa noche tenía un obsequio que desenvolver, un dulce que degustar y todo su cuerpo temblaba por la ansiedad que aquella carne fresca le producía.

La luna llena pronto saldría, no había tiempo que perder.


Capítulo 15 – Un nuevo comienzo

SEAN

Encerrado en el sótano, supo que nada bueno podía salir de allí. La sospecha de que ese no era su padre cada vez se volvía más intensa, y no sólo lo decía por el aroma que era levemente diferente, sino también algunas expresiones que usaba, y un algo en su mirada, que no lograba discernir, pero lo asustaba. Jamás había sentido temor de su padre, y este hombre le hacía sentir que corría verdadero peligro.

Durante horas buscó la forma de escapar de su encierro, pero cada camino que se le ocurría se veía frustrado casi de inmediato. Pero conforme pasaban las horas un nuevo problema se fue manifestando, incluso en aquel amplio sótano. El aroma de Gema y su voz, inconfundibles, llegaron a él desde la lejanía, y de inmediato supo lo que ese hombre pretendía. Debía ser una venganza contra su padre o algo así, ese hombre estaba obsesionado con destruir todo cuanto su papá había logrado, todo lo que le daba felicidad. Tenía que hacer algo para ayudar a Gema a huir.

GEMA

Estaba emocionada. Por fin el doble de Gale no era un problema. Sabía que Gale habría preferido que lo mataran, que le imposibilitaran volver causarle daño a nadie más, pero al mismo tiempo, ese final era menos violento y sin duda dejaba más contento a Sean. Además, por fin podrían estar juntos sin tener que ser tan cuidadoso, sin el doble dando vueltas podía relajarse, sin tener que estar atenta a cuál de los dos hombres era su compañero y cuál el impostor. Al llegar a la casa tocó el timbre con una gran sonrisa en el rostro, en la mano llevaba una fuente llena de tiramisú, que pretendía compartir con ambos Valcones, pero tras que la puerta se abriera Gale le informó que Sean había salido con su novia.

Dejó la fuente en la cocina, cuidadosamente acomodada en la nevera para que no se volcara ni perdiera su forma, y regresó al sillón con Gale. La cena era maravillosa, él había preparado una deliciosa carne, perfectamente condimentada, aunque algunas de las especias no lograba identificarlas. Para acompañar la comida, y tratándose de una ocasión especial, decidieron compartir un buen vino, dulce y espumante, que pronto comenzó a hacerlos reír por cosas que normalmente no les parecerían tan graciosas.

Cuando sus estómagos estuvieron satisfechos y sus corazones adecuadamente alegrados, intentó ayudarle a llevar las cosas a la cocina y lavar los platos, pero sus piernas se sentían demasiado torpes. Era extraño que el licor la afectara de ese modo, pero más aún era vergonzoso tener que reconocerlo. Desde luego Gale era un caballero, y desestimó el problema pidiéndole que permaneciera tranquila. Él se encargó de recoger todo, y luego regresó al sillón con ella donde le dedicó un profundo y apasionado beso. – ¿Estás lista? – escuchó que él le preguntaba mientras apoyaba una de sus pesadas manos en su cadera. - ¿Lista para qué? Creo que estoy lista para irme a mi casa y dormir – le respondió ella entre risas, demasiado animada como para deberse sólo a la bebida. – Oh no preciosa, esta noche vas a ser mía, desde hoy y para siempre. – le respondió la voz de Gale, hablando con lentitud mientras las risas se detenían rápidamente y una mirada de horror se apoderaba de su rostro. Lo miró, viendo como se relamía y la certeza de que él no era Gale se apoderó de ella. – No – susurró, pero ya era tarde. Sin fuerzas, pronto sintió como las manos de ese monstruo forcejeaban con su ropa que rápidamente comenzaba a ceder.

GALE CLON

Por fin, no podía dejar de relamerse. Cuando la noche llegó ya tenía todo cuidadosamente preparado. Una cena digna de un dios, con una carne al horno cuidadosamente cocida para que no perdiera sus jugos, y una exquisita botella de vino, ligeramente adulterado para que sus planes funcionaran a la perfección. Dispuesto a disfrutar del goce lo más que pudiera, se propuso ser paciente y prolongar un poco más su expectativa, y cuando el timbre sonó, supo exactamente cómo ocurriría toda la velada.

Con su mejor sonrisa atendió a la puerta, y con toda la ternura de la que era capaz recibió a la preciosa Gema. Guardaron su postre en la heladera y le ofreció la cena. Conversaron durante horas de tonterías que no llevaban a ningún lado, pero a medida que la comida y la bebida se agotaban, él podía sentir como la ansiedad aumentaba en su interior. Ella iba perdiendo sus inhibiciones, y más importante aún, sus fuerzas. Claro que no iba a perder la consciencia, quería que supiera y sintiera todas y cada una de las cosas que le haría esa noche; que recordara cada detalle así debiera tatuarlo a fuego sobre su delicada piel de porcelana. Ella aprendería a horrorizarse por la mención de ese nombre que tan familiarmente pronunciaba, y a partir de ese momento, su piel se erizaría cada vez que viera el rostro del hombre al que tanto decía amar.

El momento llegó, la droga había hecho efecto permitiéndole moverse e intentar resistirse, pero imposibilitándole por completo el conseguirlo. Por fin podría quitarse su máscara, por fin podría degustarla como realmente quería. Se acercó a ella, y tras besarla con insistencia y firmeza se reveló como quien realmente era. El placer que esas palabras y la mirada de espanto de ella le produjeron bien pudo ser suficiente para calmarlo, pero no luego de tanto esfuerzo y espera.

Mientras ella trataba de liberarse, la cargó en brazos y la llevó al dormitorio donde la arrojó sobre la cama con brusquedad, adiós a los juegos de niños, adiós a fingir ser ese sentimentalista perdido, ahora podría ir en serio. Con brusquedad, y abusando un poco de sus garras, comenzó a rasgar su ropa arrancándosela, dejándole algunos rasguños en el proceso. Los gritos de la niña, sus llantos, y la mezcla entre el olor a su sangre, su temor y dolor eran un combo afrodisíaco inigualable. Pero antes de que pudiera continuar un ruido extraño llamó su atención. – No te muevas muñeca – le ordenó amarrándola con firmeza a la cama, y disponiéndose a ir a investigar lo sucedido.

Los ruidos provenían del sótano, y tras una rápida inspección comprobó que su cachorro seguía haciendo travesuras. Se había transformado y comenzaba a romper la puerta, haciendo surcos en el suelo, lo que fuera con tal de escapar. Pobre, no le gustaba estar atrapado y lo entendía, pero esa noche era para que él se divirtiera. Ya la próxima vez lo recompensaría. Tal vez le conseguiría a esa novia de la que tanto hablaba para que pudiera jugar con ella. Pero Gema, la niña que lo esperaba arriba, ella era su juguete.

Abrió la puerta adoptando la forma de un lobo, y rápidamente su hijo salió a su encuentro. Desquiciado por la luna, su cachorro había perdido el dominio sobre sí mismo y lo atacaba. No podía evitarlo, no tenía más remedio. Debía inmovilizarlo al menos. No quería asesinarlo, aún era demasiado temprano para liberarlo. Seguramente por la mañana recuperaría su cordura y podrían buscar una solución mejor que la muerte. Pero mientras tanto, tenía que evitar que siguiera haciéndose daño a sí mismo. Con un fuerte mordisco rompió una de sus patas, los llantos de Sean le partían el alma, pero era por su propio bien, y repitiéndose lo mismo repitió el proceso quebrándole la otra. Con ambas patas traseras fracturadas, era poco lo que podía hacer, pero su cachorro seguía desafiándolo. Lo vio tirado en el suelo, y aunque dudó, apoyó una de sus fuertes patas sobre su pecho y le gruñó advirtiéndole que se retirara, pero no lo hizo. Al final, le dejó una dentellada fuerte en el cuello, Sean había comenzado a sangrar y lloriqueaba suavemente, pero al menos había dejado de enfrentarlo, y siendo su hijo no moriría por algo tan suave. A menos que fuera otro impostor.

Volvió a cerrar la puerta del sótano y recuperando su forma humana, o lo más humana posible ya que la luna, alzada en todo su esplendor lo reclamaba, se dirigió de regreso al dormitorio donde esperaba terminar lo que había empezado. Mas Gema no le había hecho caso tampoco, y no seguía recostada en el lecho donde la dejó. Siguiendo su olor y las suaves gotas de sangre que había en el suelo, no tardó en encontrarla en el suelo de la sala. Debía haberse caído en su intento por huir, pero eso sólo le hizo gracia. Había intentado ser gentil con ella, le había conseguido una cama adecuada donde su espalda sufriera el menor daño posible, pero ella insistía en hacerlo en el suelo, a esa niña debía gustarle rudo, y rudo sería entonces. Después de todo, sólo quería complacerla.

GALE

Desde su celda miraba el cielo, estrellado y despejado, pero sin disfrutar del firmamento como en otro momento podría hacer. Mientras él estaba allí encerrado, ese monstruo estaba a solas con su hijo. Ese ser retorcido y desquiciado se había apoderado por completo de su vida y si no lograba salir de ahí a tiempo, lo perdería todo. Debía huir, pero sin su varita estaba a merced de los carceleros, que desde luego no escuchaban ni una sola palabra que él dijera. Pensó en pedir ayuda, pero nuevamente esa no fue una opción, o no al menos hasta que el mismo cielo nocturno que ahogaba sus esperanzas le brindó una solución. El llamado de la luna no se hizo esperar, tan pronto como la luna llena brilló en lo alto del cielo, el cambio se produjo. Con su nueva fuerza derribó las rejas de su celda, y huyó de la prisión teniendo muy en claro a dónde debía dirigirse.

Debió atravesar el mar a nado, era agotador, pero la desesperación por la seguridad de su hijo era más fuerte que cualquier obstáculo que la naturaleza o el hombre pudieran poner ante él. Con todas sus fuerzas logró derrotar a la marea, y sin vacilar atacó al primer mago que encontró, haciéndose con su varita y pudiendo así afrontar a su doble con la correspondiente arma.

Listo para lo peor, y deseoso por ponerle fin a los acontecimientos nefastos que se habían desencadenado desde que ese impostor interfiriera en sus vidas, se apareció hacia su casa. Allí, podía escuchar los agónicos aullidos de su hijo, sonaba herido, pero éstos le llegaban amortiguados, como si estuviera oculto bajo tierra. En cambio, algo más alarmante le llegó de inmediato. El olor a Gema y a la sangre. Podía sentir su fragancia dulce y alegre revoloteando por las afueras de la casa, pero a medida se acercaba a la puerta el olor a la sangre se hacía más fuerte. Gemidos de dolor procedían del interior, y sin dudar ni razonar, completamente enceguecido por un frenesí colérico, entró en su propia casa dispuesto a asesinar al bastardo. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde.

EPÍLOGO

Desde su trono de sombras contempló el magnífico espectáculo. Ese lobo jamás lo decepcionaba, era un experto quebrando la moral y destruyendo las mentes y corazones. Por eso lo conservaba, por eso lo malcriaba, porque siempre le daba los mejores resultados que pudiera desear. Pero esta vez la suerte se le había acabado, y su doble lo iba a aniquilar. Pensó en dejarle hacerlo, ya se había divertido bastante a costas de él, pero a último momento sonrió y chasqueó los dedos antes de que el golpe final callera sobre su fiel sirviente. – Por los buenos tiempos. – dijo con una espeluznante sonrisa en el rostro. Una nube negra cubrió la residencia Valcone, sofocando cualquier ápice de luz que pudiera existir, y al marcharse, se llevó consigo a los elegidos por su poder. Después de todo, aún había mucho por hacer.

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Esta historia termina aquí, el final queda abierto, ya que de ti depende que sucederá.