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Otro abrazo vacío, desprovisto de la calidez que tan desesperadamente buscaba y necesitaba para sanar su destrozado corazón. Una compañía lejana apenas suficiente para mitigar unos segundos de su agonía, pero que se convertía en alimento para el fuego helado que lo estaba consumiendo en cuanto veía que no era ella, que no podía encontrarla en ese lugar tampoco. Algunas se le parecían al principio, la voz, sus gestos, a veces el cabello o el perfume, alguna palabra o el modo en el que lo miraban. Algunas eran todo lo opuesto, como si de ese modo pudiera cubrir su recuerdo, mantenerlo puro y lejano de ese grotesco y sucio mundo. El resto no tenía excusa porque terminaban gozando de su experimentaba compañía, pero tampoco le importaba. A todas las conquistaba por igual, reviviendo cada noche la lenta batalla que debió luchar para llegar a su corazón. Era fácil. A diferencia de ella, las demás caían de inmediato bajo su encantadora galantería y al día siguiente, cuando un intenso dolor de cabeza se abría paso entre las nebulosas de su adormecida mente, arrastrándolo a la inexorable realidad, todas eran iguales. Perfectas extrañas que nada significaban para él, cuerpos que había utilizado para sobrellevar una noche más sin enloquecer en su eterno dolor. Eran grotescas figuras femeninas que distaban kilómetros de la perfección que había conocido, a la que aun amaba, y por quién la culpa lo consumía. Muchas veces quiso seguirla, pero su mano se acobardaba. No era digno de estar a su lado en ese estado. Además, tenía una responsabilidad ahora. Cierto, ese molesto niño que no podía dejar de llorar y era demasiado escandaloso para su propio bien. Era inútil y desagradecido. Lo habían mimado demasiado. No sobreviviría por su cuenta en ese mundo al que debió arrastrarlo para protegerlo de un mundo aún peor, necesitaba de él. Tenía que cuidarlo… si solo dejara de gritar y llorar.

Con pesadez y maldiciendo su suerte, se arrastró fuera de la cama. Su movimiento despertó a su compañera. Era de esas que le llenarían de incertidumbre de porque fue la elegida si le importara lo suficiente en realidad. Le dedicó una sonrisa deslumbrante recibiendo a cambio una deforme y adormilada mueca similar a la de un sapo. No había sido su sonrisa. Se inclinó sobre el suave colchón que aún conservaba la calidez de su cuerpo y beso sus labios, prometiéndole que ya regresaba. Ambos sabían que no era cierto, pero a ella tampoco le importaba que sucediera con él siempre y cuando se marchara antes que su marido regresara. Relaciones por interés, compromisos o aburrimiento, en eso se habían convertido sus noches ahora. Había conocido la más ardiente de las pasiones, de esas irrefrenables le convertían en un adolescente alborotado y en un hombre comprometido al mismo tiempo. Acarició la divinidad en su piel, bebió la ambrosía de sus labios y disfrutó del fuego de su compañía y la calidez y dulzura de su cariño. Ahora ni las cenizas quedaban en su interior. Su prematura partida se había llevado todo que valía la pena en él. No podía dejar de llorar su ausencia, pero era lo suficientemente orgulloso para ocultar sus lágrimas detrás de una botella. Ese líquido era capaz de adormecer su sufrimiento y de permitirle seguir viviendo un día por vez.

Se vistió con la rapidez que la experiencia otorgaba y salió de la habitación siendo ignorado por la mujer en la cama, quien se había vuelto a dormir. Ajena a la agonía de su alma. Todavía era de noche y la fiesta seguía en algún salón de la mansión. No iba a quedarse, ya había cumplido la razón que lo había arrastrado fuera de su agujero y ahora nada deseaba más que volver allí para revolcarse en su propia miseria hasta la noche siguiente. Se demoró buscando algunas botellas olvidadas que pudiera llevarse consigo para ayudarse a que el tiempo transcurriese más de prisa y para huir de la resaca que ya padecía, pero el llanto de un niño en una de las habitaciones cercanas, le hizo recordar en incesante y molesto llanto del niño bajo su cuidado. En vez de tomar la botella frente a si, tomó una de las bandejas de comida a su costado. Estaba intacta, recién repuesta. Estaba seguro que a Dorian le encantaba el caviar, era su hijo después de todo, debía tener un buen paladar. Al final no pudo contenerse y también tomó la botella para él, y otra de agua para su hijo antes de desaparecer.

Reapareció en la desvencijada casa que ahora era su ---hogar---- y la más pura gloria lo recibió. Silencio. Dorian debía haberse quedado dormido después de deshidratarse hasta el agotamiento. Lo dejaría dormir un poco más, ambos lo merecerían después de todo. Abrió su botella y comenzó a beberla con avidez mientras iba al destrozado baño a desprenderse del horrible perfume femenino que lo había seguido hasta allí. Tampoco era su fragancia. Aunque estuviera en mal estado, la ducha tenía agua caliente, y era todo lo que necesitaba. Entonces la vio allí, era casi como si el perfume en el aire hubiese cambiado también y pudo imaginarla, de pie y mirándolo con amorosa desaprobación.

-Eres un desastre cielo. Una noche difícil ¿eh?-

Le regañó y justificó al mismo tiempo de un modo que solo ella podía conseguir. La vio acercarse a su ropa y comenzar a tomarla para lavarla luego. Salió de la ducha y la detuvo de inmediato. Sujetó su muñeca con suavidad y besó la palma de su mano, invitándola a unirse a él bajo el que seguía cayendo.

-No tienes remedio.-

Pero no lo decía enojada, sino con una sonrisa capaz de derribar todas sus defensas y precauciones. Entonces se acercó a él, pero su cuerpo se tensó. Se inclinó sobre su cuerpo y olió el aire a su alrededor, arrugando la frente de inmediato, en un gesto de enfado tan sutil como enloquecedor. Él también se tensó.

-Estuviste bebiendo de nuevo Patrick. Te dije que no estoy de acuerdo que lo hagas durante las misiones y si necesitas hacerlo luego de terminarlas, ven a casa, refúgiate en mí, no en una botella.-

Estaba realmente molesta, pero detrás de sus palabras había algo que le hizo sonreír, estaba preocupada por él y quería cuidarlo. Su sonrisa la hizo molestar aún más, volviéndola tan bella e irresistible que fue doloroso para su cuerpo. La tomó de la cintura y terminó de acercarla a él, sin importarle que estaba mojando su ropa. Necesitaba de su contacto más de lo que necesitaba respirar. Sentía ese sordo dolor en su pecho que no podía identificar, pero para el cual ella era la única cura.

-¿Está todo bien cielo? Ocurrió algo.-

No era una pregunta, ella lo sabía, siempre lograba leerlo con tanta claridad que era alarmante. Besó sus labios, expresándole todo lo que sentía y se disculpó por haber bebido de más esa noche. Hizo desaparecer la botella, pero también la ropa de ambos, dejándolos solos a ellos dos en aquel lugar. Debrah no reclamaba nada, no importaba cuantas veces debieran mudarse de sitio, ni cual deplorables fueran las viviendas que conseguía, ella las acondicionaba lo suficiente para poder vivir en ellas y les daba un toque hogareño que reconfortaba sus corazones. Acarició su espalda y abrazó su pequeña cintura, manteniéndola a su lado. Esa noche solo necesitaba el refugio que solo sus brazos podían brindarle.

-Pat….-

Ella quería respuestas que él no podía darles, no entendía porque sufría tanto, ni porque no podía soltarla. Le preguntó por chicos, si dormían y si estaban seguros. Ella volvió a sonreír, dándose cuenta que no obtendría respuestas esa noche, pero iluminándose por el recuerdo de los pequeños. Ella también se había hecho cargo de la crianza de ambos pequeños, dedicándoles su atención y amor. Era una mujer maravillosa.

-Están bien, están a salvo y durmiendo en nuestra habitación. Dorian extraña a su madre, pide verla, pero es un niño muy dulce y atento. Caín no se separa de su lado. Se portan muy bien.-

El agua seguía cayendo al mismo ritmo monótono y vacío. El baño se había vuelto a oscurecer y sus brazos sujetaban una fría botella de vidrio que estrelló en el suelo lleno de ira y dolor. Era un idiota. Jamás debió haberla dejado sola, sino habérsela llevado junto a Cain con Dorian y él. Ella era fuerte, se habría adaptado, él la hubiese ayudado y cuidado de ella hasta que mejorara de su adicción que tampoco supo ver. La extrañaba tanto, quería verla de nuevo, abrazarla, oír su voz, poder sonreír por sus enfados. Se sentía tan culpable y vacío. Se dejó caer, su dolor era tal que no podía mantenerse de pie en ese momento. –Deb…. regresa.- la llamó con voz quebrada, imposibilitado de contener lo que su orgullo tanto quería ocultar ahora que no tenía una botella a mano. –No me dejes…. Por favor.-

Fin.